El joven David Cronenberg y la vieja “nueva carne”

¡Zombies fornicadores! “Hobbes creía que el hombre es un animal que piensa demasiado, que ha perdido el contacto con los instintos corporales. Demasiado cerebro y pocas entrañas. Por eso creó un parásito, una mezcla de afrodisíaco y enfermedad venérea, que convertirá al mundo en una bella orgía salvaje”

Este parlamento del film Shivers (They came from within), no solo resume lo que uno va a presenciar en esta película, sino que además es casi una declaración de principios a la que apenas hay que cambiarle unos detalles para usarla como fundamento de la obra de David Cronenberg. O al menos de una parte importante de ella.

Así es amigos, en esta ocasión nos vamos a ocupar de la primera película de ese canadiense loco, perverso polimorfo, llamado David Cronenberg, un hombre verdaderamente singular, cuya presencia en las pantallas (bueno, tras ellas mayormente, aunque de vez en cuando le gusta mostrarse como actor en películas amigas) durante las últimas 4 décadas nos deparó un largo y espeso chorro (la imagen creo que le hace justicia) de cine visceral, inteligente, lúcido y lúdico, con una propuesta y una visión clara acerca de su función.

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Así es que en Vinieron de dentro de… (raducción al español del título que le dieron al film para su estreno en los Estados Unidos, aunque nuestro título favorito es el de rodaje: Orgy of the Blood Parasites), su primer largo, se hace manifiesta la sabia elección del director a la hora del “qué” y “cómo” contar. En una película de “gusanitos locos”, ese poder estético-técnico indiscutible del director es fundamental para desmarcarla de cualquier congénere de la época. El film, toda una invasión corpórea-sexual-canibal-viscosa-repulsiva que adecua la realidad a la ciencia ficción sofocante de una suerte de Half Life made in a Hotel Room de los años 70, es verdaderamente único en su estilo y propuesta, y solo puede ser (re)interpretado mejor a la sombra de los films subsiguientes de Crononenberg, en los cuales el muchacho ahondó y radicalizó sus propuestas.

En esta obra ya tenemos bien instalado el tema de la Carne, que luego, de manera más explícita se va a convertir en slogan (La nueva Carne) en el film Videodrome. Fetiche fisiológico, moral, psíquico, condicionante absoluto de la vida que vivimos, alienados entre las cuatro paredes de nuestros hogares, oficinas, cines; gigante dormido al cual es menester sacudir de su modorra para reencontrarnos con nosotros mismos, seres humanos: sangre, vísceras y finalmente cerebro. Y he aquí uno de las dicotomías fundamentales en la obra y pensamiento de Cronenberg: el escape de la alienación de la vida moderna a través de la carne, como en un viaje atávico y primigenio que sus protagonistas emprenden aún a riesgo de sus propias vidas, porque saben que la recompensa vale la pena.

Como ya hemos dicho, en este film seguimos las aventuras de un simpático gusanito-parásito, repugnante y fascinante mezcla de falo con excrecencia que se dispersa por todo un edificio –epítome de la vida moderna– creando una legión de zombies fornicadores que, (si Dios quiere -y ojalá quiera!-), pronto tomarán el mundo, reduciéndolo a sus instintos.

David toma de William Burroughs (escritor amado por él y del que finalmente adaptara El Almuerzo Desnudo) la idea del parásito simbionte que viene a paliar una tara humana; pero, como suele suceder, termina por dominar a los pobres humanitos y transformarlos en títeres-zombies sometidos a sus pulsiones básicas: además del hambre habitual en este tipo de films, en este caso los impulsos sexuales son también primordiales.

Sin duda un parásito que tiene mucho que decirnos en lujuriosas escenas de incómodo disfrute sexual. Ojo, no estamos hablando de una peli porno. Porque lo explícito, incluso va más allá de mostrar la carne triple x. En Cronenberg vemos la nueva carne, desde adentro. Carcomiéndonos hasta el hueso. ¿Gore? También, pero de lujo, y de bañera (haciendo pura referencia a la bonita foto que ilustra la nota).

En resumen, una gran opera prima y una gran película de Cronenberg. Lo cual parece ser una redundancia: si es de Cronenberg, es siempre una gran película (bueno, quizá exageremos). Por momentos el film es tan revulsivo e iconoclasta como el mejor John Waters (aquel de comienzos de los setenta), no solo vemos desnudos sino también escenas de lesbianismo, incesto, sugerencias de pedofilia y la consabida antropofagia, en una declaración liberadora de anarquía. Pero, claro, con un concepto cinematográfico radicalmente distinto que el del señor de Baltimore.

El erotismo se mezcla y funde con el impulso tanático y aquí nos quedamos, con esos besos viscosos que buscan conmover nuestras entrañas; quién sabe, acaso el lugar donde exactamente se aloja nuestro corazón.


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